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El jardín de la tentación

Angela se prepara para su aniversario con un vestido seductor, pero es el jardinero, John, quien llega primero. Su mirada intensa y deseosa la perturba, y más tarde, en un momento de impulsividad, se acerca a él en el jardín. Ambos se dejan llevar por la pasión, llevando a un encuentro íntimo que...
El jardín de la tentación


El sol de mediodía bañaba la mansión con una luz dorada, filtrándose a través de las cortinas de seda que danzaban suavemente con la brisa. Angela, con el corazón acelerado, se miró una última vez en el espejo del vestidor. Su cuerpo, escultural y tentador, estaba envuelto en un ajustado vestido de seda color carmesí que resaltaba sus curvas de manera descarada. El escote pronunciado dejaba poco a la imaginación, y la falda, corta y ceñida, moldeaba sus caderas y muslos como una segunda piel. Sus ojos verdes brillaban con una mezcla de nerviosismo y excitación, mientras sus labios, pintados de un rojo intenso, curvaban una sonrisa anticipada. Era su aniversario, y había decidido recibir a su marido, el importante hombre de negocios, con un aspecto que le quitara el aliento.

La mansión, un refugio de lujo y sofisticación, estaba impecablemente decorada para la ocasión. La mesa del comedor ya estaba preparada con un mantel de lino blanco, velas aromáticas y un centro de flores frescas. El aroma de la comida que había preparado con esmero flotaba en el aire, prometiendo un almuerzo inolvidable. Angela había pensado en cada detalle, desde la música suave que sonaba de fondo hasta el champán enfriándose en la cubitera. Todo estaba listo para celebrar su amor, para recordarle a su marido lo mucho que significaba para ella.

Pero él se retrasaba. Angela consultó su reloj por enésima vez, sintiendo cómo la impaciencia comenzaba a mezclarse con su emoción. ¿Dónde estaría? No era propio de él llegar tarde, especialmente en una fecha tan importante. Decidió distraerse y se dirigió al salón, donde se sentó en el sofá, cruzando las piernas de manera coqueta. Sus zapatos de tacón alto, del mismo tono que el vestido, acentuaban la longitud de sus piernas, y ella no pudo evitar jugar con uno de ellos, dejándolo caer al suelo con un suave golpe.

Fue entonces cuando sonó el timbre.

Angela se incorporó de un salto, su corazón latiendo con fuerza. Con una sonrisa radiante, se dirigió a la puerta, sus tacones resonando en el suelo de mármol. Al abrirla, sin embargo, su sonrisa se congeló. No era su marido quien estaba al otro lado, sino John, el jardinero.

John, un hombre de 65 años de nacionalidad senegalesa, era una figura familiar en la mansión. Viudo y con una simpatía contagiosa, siempre había sido amable con Angela, aunque su reputación de mujeriego empedernido era bien conocida. Su piel oscura contrastaba con su cabello cano, y sus ojos, aunque marcados por los años, aún conservaban un brillo pícaro. Vestía su uniforme de trabajo, manchado de tierra y con las mangas remangadas, y en sus manos llevaba una caja de herramientas.

Al ver a Angela, sus ojos se abrieron de par en par. Su mirada recorrió su cuerpo de arriba abajo, deteniéndose en el escote, en las curvas de sus caderas, en la longitud de sus piernas. No hizo ningún esfuerzo por disimular su sorpresa o su deseo. Simplemente se quedó allí, inmóvil, con una expresión que oscilaba entre la admiración y la incredulidad.

—Buenas tardes, señora Angela —dijo finalmente, su voz grave y ronca. —No esperaba encontrarla así.

Angela sintió un calor subir por sus mejillas. No estaba acostumbrada a ser el centro de tanta atención, especialmente no de alguien como John. Era tímida por naturaleza, y su vestido, que había elegido para seducir a su marido, ahora se sentía como una armadura incómoda.

—Ah, hola, John —respondió, intentando mantener la compostura. —¿Qué haces aquí? Pensé que hoy no trabajarías.

—Tenía que terminar de podar los setos —explicó él, sin apartar la mirada. —Pero veo que he llegado en el momento más inoportuno. O tal vez el más oportuno.

Su tono era juguetón, pero había algo en sus palabras que hizo que Angela se sintiera incómoda. ¿Era su imaginación, o había un dejo de desafío en su voz?

—Bueno, yo... —comenzó ella, pero se interrumpió al escuchar el sonido de un coche acercándose por el camino de entrada. Su corazón dio un salto. ¿Sería su marido por fin?

—Parece que su esposo llega —comentó John, siguiendo su mirada. —Debería irme. No quiero estorbar.

—Sí, claro —asintió Angela, aliviada. —Gracias por... por todo.

Pero John no se movió. En cambio, dio un paso hacia adelante, invadiendo su espacio personal. Angela sintió su perfume, una mezcla de tierra y sudor, y su presencia la abrumó.

—Usted está... increíble —murmuró él, su aliento cálido en su oído. —Ese vestido... le sienta como un guante.

Angela tragó saliva, sintiendo cómo su cuerpo respondía a pesar de sí misma. John era mayor, sí, pero había algo en su intensidad, en la manera en que la miraba, que la hacía sentir deseada de una forma que su marido no había logrado en mucho tiempo.

—Gracias —susurró, su voz apenas audible.

El sonido del coche deteniéndose frente a la mansión los interrumpió. Angela se apartó de John, su corazón latiendo con fuerza. La puerta del coche se abrió, y su marido emergió, su figura alta y elegante recortándose contra la luz del sol.

—¡Cariño! —exclamó él, avanzando hacia ella con una sonrisa. —Lo siento, me retrasé en una reunión. ¿Todo listo para nuestra celebración?

Angela forzó una sonrisa, sintiendo la mirada de John sobre ella.

—Sí, todo está perfecto —respondió, tomando el brazo de su marido. —John estaba aquí por unos arreglos en el jardín.

—Ah, el jardinero —dijo su marido, asintiendo con la cabeza. —Gracias por tu trabajo, John. Nos vemos mañana.

—Hasta mañana, señor —respondió John, inclinando la cabeza antes de darse la vuelta y dirigirse hacia la puerta trasera.

Angela observó cómo se alejaba, sintiendo una extraña mezcla de alivio y decepción. Su marido la guio hacia el interior de la mansión, pero ella no podía sacarse la imagen de John de la cabeza. La manera en que la había mirado, la intensidad de su deseo, la habían dejado perturbada.

Mientras se sentaban a la mesa, Angela intentó concentrarse en su marido, en la celebración de su aniversario. Pero su mente vagaba, regresando una y otra vez a ese momento en la puerta, a la sensación de la mirada de John sobre ella. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Por qué no podía dejar de pensar en él?

La comida transcurrió en un silencio incómodo, su marido hablando de negocios y ella asintiendo distraídamente. Cuando finalmente se levantaron de la mesa, Angela se excusó, diciendo que necesitaba refrescarse. Subió las escaleras hacia su dormitorio, su corazón latiendo con fuerza.

Se miró en el espejo, su reflejo mostrando una mujer que no reconocía del todo. ¿Quién era esta persona que se sentía atraída por el jardinero, que fantaseaba con la mirada de un hombre que no era su marido? Se desabrochó el vestido, dejándolo caer al suelo, y se quedó allí, en ropa interior, sintiendo la brisa fresca en su piel.

Fue entonces cuando escuchó un ruido en el jardín. Se acercó a la ventana y miró hacia afuera, su corazón acelerándose al ver a John, aún trabajando en los setos. Sin pensarlo dos veces, se dirigió hacia la puerta trasera, su curiosidad y deseo guiándola.

El aire de la tarde era cálido, y el aroma de las flores llenaba sus pulmones mientras se acercaba a John. Él la escuchó acercarse y se giró, sus ojos encontrándose con los de ella.

—Señora Angela —dijo, su voz ronca y seductora. —¿Qué la trae por aquí?

Ella no respondió, simplemente se detuvo frente a él, sintiendo la intensidad de su mirada. John la estudió, sus ojos recorriendo su cuerpo con una franqueza que la hizo sentir expuesta y deseada al mismo tiempo.

—Usted no debería estar aquí —murmuró él, pero no había reproche en su voz, solo una invitación silenciosa.

Angela tragó saliva, sintiendo cómo su cuerpo respondía a su presencia. Sin decir una palabra, dio un paso hacia adelante, acortando la distancia entre ellos. John no se movió, simplemente la miró, esperando.

Y entonces, en un impulso que no pudo controlar, Angela levantó la mano y tocó su rostro, sus dedos rozando su piel oscura y cálida. John cerró los ojos, disfrutando del contacto, y cuando los abrió, su mirada era intensa, llena de promesas silenciosas.

—Usted es una mujer casada —dijo, pero su voz carecía de convicción.

—Lo sé —respondió Angela, su voz apenas un susurro.

John la tomó por la cintura, atrayéndola hacia él. Su cuerpo era fuerte, a pesar de su edad, y Angela se sintió envuelta en su calor. Sus labios se encontraron en un beso apasionado, lleno de deseo contenido. Angela se dejó llevar, sus manos enredándose en su cabello cano mientras respondía a su beso con una urgencia que la sorprendió incluso a ella.

El beso se profundizó, sus lenguas entrelazándose en un baile sensual. Angela sintió cómo su cuerpo se rendía a la sensación, cómo sus inhibiciones se desvanecían bajo el peso de su deseo. John la guió hacia atrás, hasta que sus piernas chocaron con la mesa de trabajo, y ella se sentó, sintiendo la superficie fría contra su piel desnuda.

John se arrodilló frente a ella, sus manos recorriendo sus muslos, subiendo lentamente hacia su cintura. Angela jadeó, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba con anticipación. Sabía que esto estaba mal, que era una traición a su marido, pero en ese momento, no le importó. Solo quería sentir, quería experimentar la intensidad que John le ofrecía.

—Usted es tan hermosa —murmuró él, su aliento cálido en su oído. —Tan perfecta.

Sus manos continuaron su ascenso, rozando la orilla de su ropa interior. Angela contuvo la respiración, sintiendo cómo su cuerpo se arqueba en respuesta. John sonrió, una sonrisa pícara y llena de promesas, antes de bajar su cabeza hacia su cuello, besando y lamiendo la piel sensible.

Angela gimió, sus manos agarrando sus hombros mientras se rendía a las sensaciones que la inundaban. John era experto, sus labios y lengua trazando un camino de fuego a lo largo de su cuerpo. Cuando sus dientes rozaron su lóbulo, ella tembló, sintiendo cómo su deseo alcanzaba nuevos niveles.

—John —susurró, su voz llena de necesidad. —Por favor...

Él sonrió contra su piel, antes de bajar aún más, sus labios encontrando la orilla de su ropa interior. Angela contuvo la respiración, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba con anticipación. Y entonces, con una lentitud deliberada, John deslizó su ropa interior hacia abajo, exponiéndola por completo.

El aire fresco acarició su piel, y Angela sintió una mezcla de vergüenza y excitación. John la miró, sus ojos oscuros y llenos de deseo, antes de bajar su cabeza hacia su centro. Su lengua rozó su piel sensible, y Angela gimió, sus manos agarrando su cabello mientras se dejaba llevar por las sensaciones que la inundaban.

John era experto, su lengua y labios trabajando en armonía para llevarla al borde del éxtasis. Angela se retorció, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba, cómo el placer la consumía. Y entonces, con un grito ahogado, se abandonó, su cuerpo sacudiéndose en un orgasmo intenso y liberador.

John la sostuvo, sus manos en sus caderas mientras ella recuperaba el aliento. Angela lo miró, sintiendo una mezcla de gratitud y culpa. ¿Qué había hecho? ¿Cómo había permitido que esto sucediera?

—Usted es increíble —murmuró John, su voz llena de admiración. —Nunca había conocido a una mujer como usted.

Angela no respondió, simplemente se dejó caer contra la mesa, su cuerpo aún tembloroso. John se levantó, su expresión seria mientras la miraba.

—Debería irse —dijo finalmente, su voz ronca. —Antes de que su marido la eche de menos.

Angela asintió, sintiendo una oleada de realidad que la golpeó con fuerza. Se levantó, su cuerpo aún tembloroso, y se ajustó la ropa, intentando recuperar algo de compostura.

—Lo siento —susurró, su voz llena de confusión. —No sé qué me pasó.

John la tomó por los hombros, mirándola a los ojos.

—No se disculpe —dijo, su voz firme. —Usted no es la única que desired esto.

Angela lo miró, sintiendo una conexión que no podía explicar. ¿Era posible que esto no fuera solo un error, sino algo más? Algo que ni siquiera ella podía comprender aún.

—Debo irme —dijo finalmente, su voz

1 comentarios - El jardín de la tentación

nukissy932
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