
La obra estaba avanzada. Lucas sudaba como siempre, con el torso desnudo y lleno de polvo. Los músculos marcados y la piel tostada atraían más miradas de lo normal. Pero ese día, el ambiente cambió.
Un auto negro, lujoso, se estacionó frente a la construcción. Bajó un tipo de traje entallado, lentes oscuros, y perfume caro. Tomás, ex de Julieta. Rico, mimado, arrogante.
—¿Este es el lugar en el que estás metida, Juli? —dijo desde la vereda, sin bajarse los lentes— Pensé que ibas a madurar algún día.
Lucas lo escuchó desde arriba, en el andamio. Lo observó en silencio, apretando el mango de la pala.
Julieta se acercó al auto, incómoda.
—¿Qué hacés acá, Tomás?
—Pasaba a verte. Y a rescatarte de esto. —Miró la obra con asco— Mirá ese desastre, ni plomada tienen. Seguro que el "maestro albañil" también cobra en empanadas.
Julieta se enojó, pero no alcanzó a responder. Tomás la tomó de la cintura, y delante de todos, la besó en la boca, largo y provocador.
Desde arriba, Lucas vio rojo. Bajó como una fiera.
—¡Eh, pelotudo! ¡Sacale las manos! —gritó, empapado en sudor, con la camisa al hombro.
Tomás lo miró de arriba abajo.
—¿Vos sos el "artista"? ¿El macho obrero que juega a tener novias de familia? ¿No sabías que Juli y yo estuvimos comprometidos?
Lucas no respondió. Fue directo. Se acercó, pecho a pecho.
—Ella ya eligió. Y no fuiste vos.
Julieta los miraba a los dos, con el corazón latiéndole fuerte. El deseo y el ego chocaban en el aire como chispas.
Tomás se rió.
—Vamos a ver cuánto te dura el jueguito… Julieta va a cansarse de tu mundo de polvo y cemento. Tarde o temprano, va a volver a lo que merece.
Se fue en su auto, dejando tras de sí un perfume caro… y un incendio.
Lucas miró a Julieta.
—¿Éste te hacía acabar como yo?
Julieta lo empujó contra la pared de ladrillos.
—No. Nunca. Pero tengo que admitir que me encanta verte celoso… albañil mío.
Él la levantó en brazos, la llevó al galpón de herramientas, y la apoyó sobre un banco de madera.
—Te voy a recordar con la pija por qué no lo vas a mirar nunca más.

Y la cogió ahí mismo, entre herramientas, serruchos y bolsas de cemento, la desnudo, y le metió la pija en la concha con furia y posesión, mientras le apretaba las tetas. Ella gemía como nunca, arañándole la espalda, gritando.
—¡Sos mío, Lucas! ¡Sos el único que me hace esto!
Y él, mordiéndole el cuello, le susurró:
—Y lo voy a seguir haciendo… hasta que olvides que ese idiota existe.
Esa noche, Julieta no dejaba de pensar en él mal momento que Lucas había tragado durante el día. El beso de Tomás frente a todos, los celos, la rabia contenida. Quería calmarlo, pero no con palabras. Quería recompensarlo… como solo ella sabía.
Tocó la puerta de la pensión cerca de la medianoche. Llevaba una campera grande que apenas cubría el conjunto lencero rojo. Lucas abrió con el torso desnudo y el gesto todavía duro.
—No vine sola —dijo ella, mordiéndose el labio.
Detrás de ella, apareció la vecina morocha del domingo, con un vestido ajustado y una sonrisa tímida.
—Mirá a quién encontré… —susurró Julieta— Te la traje de vuelta. Pero esta vez, con mis reglas.
Lucas quedó paralizado.
—¿Estás segura?
—Quiero que veas lo que pasa cuando una mujer toma el control… y comparte.
Julieta tomó a la vecina de la mano y la llevó hasta la cama. Se arrodillaron frente a él. Empezaron a besarse entre ellas, suaves al principio, con lengua, mientras lo miraban fijo. Lucas sintió el pulso reventarle en las sienes. Era real. Estaban ahí para él. Por él.
Se turnaban para sacarle la ropa. Una le besaba el cuello, la otra bajaba al pecho, más abajo… Julieta le susurraba al oído:
—Esta noche sos nuestro obrero. Y vamos a dejarte… en ruinas.
Lo que siguió fue un incendio. Se turnaban, para mamarle la pija, se cruzaban, se tocaban entre ellas, lo montaban, lo rendían. Las dos mujeres se movían como fuego y gasolina. Lucas ya no sabía quién era quién, solo sentía el calor, las uñas, las lenguas, los gemidos, los suspiros.
Al final, Julieta se tumbó a su lado, sudada, con el corazón acelerado.
—¿Se te pasó la bronca? —le preguntó, acariciándole el pecho.
Lucas no pudo ni responder. Solo la besó, profundo. Y supo que, con Julieta, cada día era una sorpresa… y un incendio nuevo.

El sol del mediodía caía sobre el techo recién impermeabilizado. Las paredes estaban pintadas, las terminaciones impecables, los detalles cuidados hasta el último clavo. La casa que había comenzado como escombros, ahora brillaba como nueva.
Lucas se limpió el sudor de la frente y bajó del andamio por última vez. El padre de Julieta, arquitecto meticuloso y exigente, lo esperaba con un apretón de manos sincero.
—No solo terminaste antes del plazo, muchacho… lo dejaste mejor de lo que pedimos. Estoy orgulloso de haberte contratado.
Los demás trabajadores aplaudieron. Incluso los vecinos del barrio se acercaron a ver la casa terminada. Lucas, aunque no lo decía, se sentía completo. Era su obra. Su esfuerzo. Y su victoria.
Pero faltaba el premio más importante.
Esa noche, al llegar a la pensión, encontró una nota bajo la puerta.
> “En la habitación 5. Vení solo. Cerrá la puerta.”
Era la de Julieta.
Entró con el corazón latiendo. La luz era tenue. En el centro de la cama, una copa de vino, una caja con moños… y Julieta, vestida solo con un lazo rojo en la cintura y tacos altos.
—Terminaste tu obra, maestro. —dijo con una sonrisa lenta— Y yo vengo a entregarte el certificado… de desempeño excepcional.
Lucas se rió, cerrando la puerta con llave.
—¿Y en qué consiste ese certificado?
—En algo que solo se da a los que terminan todo perfecto… sin dejar huecos ni detalles sin tocar.
Se arrodilló frente a él y le abrió el pantalón con los dientes. Empezó lento, con una mamada que lo dejó sin aliento, profunda, rítmica, mirándolo desde abajo.
—Hoy no vas a trabajar… te vas a dejar premiar —susurró entre una y otra lamida.
Lo llevó a la cama, guió su pija al interior de su vagina y lo cabalgó de espaldas, se giró de frente sin sacarselo de la concha. Lucas jadeaba, entre placer y sorpresa. Julieta estaba desatada, exigente, salvaje. Le mordía el cuello, le clavaba las uñas, lo devoraba entero.
—Quiero que termines esta obra también… —le dijo mientras se inclinaba y lo besaba— Quiero que dejes tus cimientos bien marcados dentro mío.
Latomó por la cintura y empezó a embestir más rápido, besándole las tetas, terminó con un gemido profundo, agarrándola como si fuera el último día. Ella se dejó caer encima, jadeando.
—¿Eso cuenta como bonificación? —preguntó él, entre risas.
—No, maestro —dijo ella, con picardía— Esa fue solo la primera parte del bono por rendimiento. Faltan muchas horas de noche…

La noticia cayó como un balde de agua fría. A Lucas le ofrecieron una obra grande en otra ciudad, más al norte. Un salto importante en su carrera. Mejor pago, más responsabilidad… pero lejos. Muy lejos de Julieta.
Esa tarde, cuando se lo dijo, ella se quedó en silencio. No lloró. Solo lo miró largo rato, como queriendo memorizar cada línea de su cara, cada gesto, cada sombra en sus ojos.
—Entonces… te vas —dijo ella, apenas un susurro.
—Es una oportunidad grande, Juli. Pero no es fácil.
Ella lo abrazó. Fuerte. Llenándolo de perfume y calor. Y le susurró:
—Si te vas… esta noche quiero que me dejes marcada.
La llevó a la pensión. Cerraron la puerta y se miraron sin decir nada por unos segundos. Luego, ella se desnudó lentamente, sin apuros, dejando caer cada prenda como si dejara atrás una parte de sí.
Se arrodilló frente a él, lo desnudó y le besó el pecho, el vientre, bajando sin prisa. Le agarró la pija y le dio una mamada profunda, intensa, mientras lo miraba fijo.
—Voy a saborearte hasta el último rincón… y llevarme tu recuerdo entre los labios.
Lucas la levantó en brazos y la apoyó contra la pared. Le penetró la concha fuerte, le hizo el amor como si fuera la última vez, y lo era. La giró, la tomó de espaldas, la acarició con ternura y la embistió con fuerza. Ella gemía, le pedía más, le decía:

—Marcame… que no me olvide nunca.
Se montó sobre él con los ojos húmedos, cabalgando fuerte, rápido, queriéndolo guardar dentro. Cuando terminó, se quedó sobre él, respirando agitada, el cuerpo temblando.
Se levantó, buscó algo entre su ropa… y le entregó su tanga roja.
—Para que no te olvides de esta loca que te hizo la vida imposible… y deliciosa.
Lucas la sostuvo entre los dedos. No sabía qué decir. Ella se acercó y le susurró al oído:
—Sé que tenés que volar… pero si algún día volvés, sabé que esta tanga… siempre va a estar esperando por vos.
Le dio un beso largo, profundo, lleno de amor y fuego.
Y esa fue la última vez que se vieron.


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